Contexto

Imaginar algo distinto, algo mejor o más interesante equivale a situar el mundo en un estado de cambio. Algunos de los mayores actos revolucionarios de nuestros tiempos se produjeron porque alguien tuvo el valor de imaginar algo nuevo. Keri Smith
Como toda la sociedad, la escuela debe estar en permanente transformación. Somos seres vivos, que convivimos, y por tanto que cambiamos constantemente. Es indiscutible la necesidad de educar para el mundo nuevo, y más aún en un país que amerita elevar su nivel de desarrollo.
En este escenario global el desarrollo de competencias se ha puesto a la cabeza de las necesidades educativas, por tratarse de un concepto dinámico que implica una formación holística en lugar de la bancarización del conocimiento, cuya expresión en la escuela es la memorización.
En consecuencia, la transformación del hecho pedagógico ha ido evolucionando y acoplándose para dar respuesta a tales necesidades. Estos cambios convergen en la denominada Educación Transformadora, a la que Jover (2012) conceptualiza como una “praxis de la esperanza y la solidaridad”, que a su vez puede generar un entramado energético capaz de derrotar a la indiferencia, inseguridad y desconfianza generada, precisamente, por esa práctica de memorización que caracterizó a la escuela tradicional.
Asimismo, la velocidad de los cambios sociales, debidos al desarrollo tecnológico y comunicacional, determina la imperiosa necesidad de asumir estas transformaciones en la educación, ya que según lo planteado por Elboj y Sasso (2003) “solo el acceso a nuevas habilidades y competencias, permitirá a los ciudadanos afrontar estos cambios sociales de forma crítica.”
En Venezuela, en el año 2004, en la Gaceta número 37.874, se publica la Resolución No. 09 “(…) por la cual se dictan las pautas para realizar modificaciones pedagógicas y curriculares en forma progresiva y con carácter experimental en los niveles de Preescolar, Básica y Media Diversificada y Profesional, así́ como en las modalidades de Educación Indígena Intercultural Bilingüe, Rural y Especial, en planteles de dependencia nacional.” Esta resolución abrió́ la posibilidad de hacer modificaciones experimentales en el sistema educativo nacional, lo que permitió́ ensayar contenidos y modalidades diferentes en algunos planteles.
En esa Resolución tiene su anclaje legal la propuesta pedagógica del Instituto Maestro Simón (IMS), por considerarse un modelo experimental e innovador, cuyo objetivo fundamental es el de adecuar el proyecto educativo para que niños y niñas logren alcanzar los objetivos de la Educación Inicial y Primaria tomando en cuenta su nivel de desarrollo, conocimientos previos, ritmo de aprendizaje, intereses y condiciones de vida.
Esta propuesta, dirigida a niños entre 0 y 11 años de edad, se fundamenta en lo que sostiene la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, en el marco del seguimiento de la Educación para Todos: existe una “convención cada vez más admitida de que la primera infancia comprende el período que va desde el nacimiento hasta los ocho años de edad.” (UNESCO, 2007). En la mayoría de los países, esta etapa se subdivide en dos períodos claramente diferenciados: un ciclo comprendido entre el nacimiento y los 36 meses de vida, y otro que comprende desde los 3 hasta los 6-8 años, cada uno de ellos con su especificidad.


Sin embargo, es necesaria una caracterización de la infancia como un proceso de desarrollo integral, más que como un simple estadio cronológico-evolutivo; en ese sentido, se toma como referente la concepción de infancia señalada por Franco Frabboni (1986). Este autor analizó el largo camino recorrido por la infancia, desde su negación como tal, pasando por la concepción del hijo-alumno que debía ser cuidado, socializado y educado en el seno de su familia y en la escuela, hasta la construcción más reciente del niño como sujeto social.
Frabboni determinó que es necesario asegurar a la infancia tres experiencias educativas fundamentales: la primera se identifica con la entrada-participación del niño en el escenario de su territorio vital, dentro de la ciudad-barrio-pueblo, custodios del mundo de cosas y valores de los que él mismo es testigo; la segunda, es el constructo e interacción entre la comunicación, la fantasía, la exploración, la construcción, el movimiento, y la acción personal; la tercera se lleva a cabo con una experiencia de socialización que sea, al mismo tiempo, asimilación e interiorización. De tal manera que considerar al niño como sujeto social y desprenderlo de su rol tradicional de hijo-alumno, es parte significativa de esta propuesta.
Lo anterior responde a la convicción de que la primera infancia es de alguna manera ese territorio donde las capacidades básicas de lo humano se reactivan y se ponen en marcha, una vez más: el conocimiento como exploración, los aprendizajes como experiencias de vida, la emocionalidad y la afectividad como presencias simultáneas en la integración. Se generan así vínculos efectivos entre el pensar, el hacer y el sentir.
De acuerdo con lo anterior, lo que sucede durante la primera infancia tiene una trascendencia fundamental, tanto para el acontecer inmediato de cada niño o niña como para su porvenir. Se trata de un período de la vida en el cual los infantes desarrollan su mente y su cuerpo, construyen su identidad, aprenden a convivir en sociedad, a reflexionar, a pensar, a sentir. En esta etapa adquieren la lengua materna y aprenden a aprender.
Simón Rodríguez estaba ya consciente de ello cuando aseguró que los gobiernos debían ver en la primera escuela “el fundamento del saber y la palanca del primer género con que han de levantar los pueblos al grado de civilización que pide el siglo”. Su pensamiento educativo lo llevó a conceptualizar la educación en la primera escuela como un derecho y necesidad social, debido a que en sus propias palabras, era el medio para transformar las costumbres, los hábitos del trabajo y reconocer el valor de lo útil y de la vida en sociedad.
Es por ello que Morin (1999) consideró que la educación debe favorecer la facultad natural de la mente para hacer y resolver preguntas esenciales y correlativamente estimular el empleo total de la inteligencia general. Este empleo máximo necesita el libre ejercicio de la facultad más expandida y más viva en la infancia y en la adolescencia: la curiosidad, que muy a menudo es eclipsada por la instrucción, cuando por el contrario, se trata de estimularla, o de despertarla, si está adormecida.
En esta propuesta existe también la seguridad de que los conocimientos artísticos y los referidos a las disciplinas científicas ya no son vistos en los procesos de aprendizaje como antagonistas, o como locatarios o visitantes, sino como jugadores del mismo equipo.
Otra consideración de gran relevancia en los fundamentos de nuestro programa implica reconocer que uno de sus pilares constitutivos es la observación del Principio de Interés Superior del Niño, Niña y Adolescente. Este principio está dirigido a asegurar el desarrollo integral de los niños, niñas y adolescentes, así como el disfrute pleno y efectivo de sus derechos y garantías atendiendo a sus opiniones, intereses, preocupaciones e inquietudes.